Para esta publicación especial sobre Frida Kahlo, Calle Hispánica entrevistó a la autora Martha Zamora, quien escribió la biografia “Frida: El Pincel de La angustia”.

Foto: Antonio Nava

Usted lleva años recompilando informaciones sobre Frida Kahlo. Se puede decir que vive todo ese tiempo con su presencia, ¿Vale? Me gustaría saber ¿Qué le ha enseñado ella?

En efecto, toda mi vida he compilado información sobre Frida Kahlo, desde que la ví por primera vez cuando tenía yo seis años y me deslumbró con su colorida presencia; del kindergarten nos llevaron a ver pintar a Diego Rivera el mural Sueño de una Tarde Dominical, en la Alameda Central. Desde entonces, ella ha vivido conmigo. Mis hijos crecieron con la presencia de una mujer que había muerto más de veinticinco años antes…

Estudiar a un ser tan extraordinario, tan lleno de facetas, me llevó a madurar para comprenderla. Mi vida de joven y adulta reciente estaba enclavada en un entorno conservador y limitado. Ahí no se hablaba de homosexualidad ni de aborto. Si quieres conocer más de ese proceso, que me llevó a no juzgar sino comprender, puedes leer mi libro “En Busca de Frida” que narra mis aventuras conociendo a personajes como Aurora Reyes, Isamu Noguchi, Alejandro Gómez Arias y Emmy Lou Packard.

Frida misma me enseñó a VER, realmente ver, la belleza de las pequeñas cosas. Me impresionó su bondad. Esta es una cualidad que ha perdido vigencia. No admiramos a la gente bondadosa. Admiramos a la gente rica, exitosa, deslumbrante. Los buenos tienen ahora una cierta semejanza con los no muy inteligentes.

En general, a medida que avanzamos en edad, y quizá por desilusiones o malas experiencias, dejamos la bondad a un lado. Ella luchó por conservarla y eso, aunado al ejemplo de que se puede florecer bajo la sombra de un árbol grande, será una lección de vida que procuraré tener en mente por lo que me resta de vida.

Encontramos muchos relatos sobre quién era Frida Kahlo. En su opinión, ¿Qué Frida NO era?

En efecto, se publican una enorme cantidad de libros sobre Frida Kahlo. Desafortunadamente pocos, muy pocos, conllevan investigación. Usualmente toman partes de libros anteriores y cambian de posición las ilustraciones. Unos son de formatos grandes y caros, otros pequeños para bolsillos más reducidos, pero nada nuevo dentro.

Yo creo que NO ERA una persona depresiva y continuamente sufriente. Sólo el último año de su vida, después de la amputación de parte de su pierna derecha, considero que esos calificativos se aplican a ella.

Entrevisté a muchas personas que convivieron con Frida, como amigos, familiares o amantes y siempre llegaron junto a ella porque destilaba vida, buen humor, calidez y una impresionante cualidad como ser compasivo, que te oía, que trataba de ayudar.

Tanto ella como Diego Rivera fueron grandes coleccionistas de exvotos. Estas pequeñas pinturas se realizan para entregarlas en la iglesia en conmemoración de un accidente, una tragedia, un dolor. La obligación del creyente es dejarlas en la iglesia, ofrecer al santo o a la virgen ese dolor y… retirarse a vivir, a vivir plenamente. Eso creo que Frida hacía con su pintura, exsorcisar el dolor, dejarlo atrás. Por eso la Frida que todos recordaban era un ser lleno de alegría. Es sólo que el mensaje visual de su pintura es tan poderoso que borra lo demás. Difícil reconocer a un ser lleno de alegría, como sé que fue ella, viendo La Columna Rota.

Usted escribió el libro “El Pincel de la Angustia”, que nos trae la biografía de Frida. Para escribir sobre ella, ¿Cuál fue el mayor reto? ¿Y qué te ha regalado esa experiencia?

Tuve que superar varios retos para escribir “El Pincel de la Angustia”. En primer lugar, combinaba el trabajo de investigación con mi ocupación regular, realizando catálogos y folletos para la industria en México. No tenía prisa. Me llevó ocho años compilarlo, acariciarlo, sacarlo a la luz y quedarme asombrada con la velocidad de su venta y el alcance geográfico que tuvo.

Apenas unas 3 semanas después tenía sobre mi escritorio un contrato de la compañía editorial japonesa más grande de ese país. Se tradujo rápidamente al inglés, al francés, al alemán y tuve que dejar mis otras ocupaciones para empezar giras y conferencias.

En efecto, el libro me dio los 15 minutos de fama a que todos tenemos derecho (ja-ja). Empecé a viajar invitada por instituciones culturales de México, mi país. Tengo una lista inmensa de estos viajes y, cuando la miro de vez en cuando, me asombro del volumen de trabajo y de energía que consumió.

Me dio, además, la apertura de un mercado. Después de ese libro, fue mucho más sencillo que las librerías principales, las estaciones de televisión y de radio, me abrieran sus puertas para promocionar los libros que siguieron. A nivel personal, la admiración de mis hijos fue un regalo adicional. Para ellos sigo siendo la mamá, pero con sorna me llaman “la célebre escritora”; en mi posición de mujer, es fácil mantener los pies pegados a la tierra. Regresas de aplausos y encomios muy grandes y te vas al supermercado, a la tintorería y a tender la cama. Eso es muy sano. Aunque es indudable que el reconocimiento externo y el placer de constatar que hay personas, que como tú, han recibido algo de la emoción, del placer de escribir la biografía de Frida Kahlo, existen en el mundo y eventualmente se comunican conmigo.

En su opinión, ¿Qué es lo que hace con que la obra de Frida Kahlo sea tan global?

En mi opinión la obra de Frida Kahlo se adapta mejor a la realidad actual que a la etapa en que ella trabajó, de los años veinte al inicio de los cincuenta del siglo pasado.

Ahora abundan libros de autoconfesión de debilidades sexuales o de adicción, de defensa de los minusválidos o “personas con capacidades diferentes”, como ordena lo políticamente correcto. Su pintura es emotiva, son cuadros pequeños en su mayoría que hacen que te acerques física y moralmente a ellos, se dirigen a miedos atávicos como la muerte, el abandono, la esterilidad. Además, tienen “algo” que no puede captar la cámara, que no es reproducible.

Apoyo esto con una anécdota: Cuando se gestaba la película sobre Frida Kahlo, con Salma Hayek, contrataron a un pintor profesional para realizar copias de los cuadros que aparecerían en el filme. Este no sólo era una persona perfectamente capacitada, sino que disponía de cámaras claras y todo género de adelantos técnicos para copiar centímetro a centímetro las pinturas y los colores, el brochazo y las sombras. Estos cuadros resultaron fríos, eran pero no eran, algo faltaba en ellos. Con la cámara cinematográfica en movimiento quizá no fuera obvio. Para mí, parada frente a ellos, veía que algo faltaba.

Y ¿Cuál sería su marca o su principal característica?

La marca de Frida sería la emotividad, aquella cercana calidez de la que hablan quienes la conocieron que resulta transmisible en sus cuadros. Ella no siguió corrientes en boga como el muralismo, los grandes cuadros con narrativa revolucionaria o agrarista. Eso es lo que llamaba la atención en el momento artístico que ella vivió. Por el contrario, se dedicó a hacer una pequeña biografía de una mujer, habitante de un pueblito cercano a la capital de México, que vive y no vive con su esposo, que siente una muerte cercana, que ama a sus pericos, a sus monos araña, a las mariposas, a los pollitos que nacen en esa su casa, su clima y su refugio florido que pinta de azul estridente con pisos amarillos y decora con calacas colgantes vestidas con ropa de ella o de Diego Rivera. Se rodea de música, de amigos, de cigarros y de alcohol y pinta, lenta, esporádicamente.

En su opinión ¿Qué representa Frida Kahlo actualmente para la cultura mexicana?

Cuando se hizo la enorme exposición México-Esplendor de Treinta Siglos en Nueva York, simultáneamente hubo conferencias en varios museos e instituciones culturales. Recientemente una pintura chiquita de Frida, Diego y yo (1949), que mide menos que una hoja tamaño oficio y que ella había intercambiado con otra pintora emergente en su momento, superó el millón de dólares en subasta. Todos opinaron que la “burbuja Frida Kahlo explotaría y los precios bajarían estrepitosamente”. El concepto de que ella se sostiene por la leyenda de sus amores, de sus problemas físicos y su extraño arreglo personal se diluye si consideras que los museos principales del mundo la esperan con ansiedad y triunfan estrepitosamente cuando logran una exposición de su pintura. Esos recintos no se abren a leyendas, sino a grandes artistas.

Ella es hoy día el símbolo artístico más importante de México, la pintora mujer que alcanza las más altas cotizaciones y el artista latinoamericano (hombre o mujer) que avanza a la cabeza abriendo mercado para la brasileña Tarsila do Amaral, para la cubana Amelia Peláez, delante de un Diego Rivera, de un Tamayo, un Orozco, un Siqueiros, los titanes muralistas que acaparaban la atención en su época. ¡¡Nunca se lo hubiera imaginado ella!

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